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Con 18 años me enamoré de un hombre de 50: una inexplicable mezcla entre el placer y el martirio

Por experiencia...

Con 18 años me enamoré de un hombre de 50: una inexplicable mezcla entre el placer y el martirio

¿Soledad? ¿Reto? ¿Seguridad? Muchos lo critican, pero pocos saben lo que está en la cabeza de cada mujer cuando se involucra con quien podría ser su papá… Nada saben de la felicidad o del sufrimiento que hay detrás de ello.

Eso es justamente lo que me ha inspirado a escribir esta historia.

Aún recuerdo ese día que lo vi por primera vez. Realmente era un hombre atractivo, pero no lucía como el hombre de mis sueños. Un juego de miradas, un mismo espacio, y la ausencia de amistades y de familia, jugaron a nuestro favor.

Él me acogió como nadie lo había hecho antes y aunque para muchos era solo un ‘viejo’ amargado, para mí era casi un salvador en medio del caos que envolvía llegar a una nueva ciudad en busca de oportunidades.

Yo, una asistente administrativa que recién ingresaba a la empresa. Él, un reconocido empresario con un carácter bastante difícil. Yo, una mujer de 18 años, alegre y con muchas amistades, él un hombre soltero y solitario, de 50 años, y con muchas canas y enemigos.

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Una tarde me sonrió… Carlos jugaba a hacerme reír y yo lo disfrutaba. En menos de lo que esperaba, ya él, sus ojos verdes y sus arruguitas me estaban conquistando.

Ese día salimos, él decidió llevarme a mi casa (una zona peligrosa). Desde ese momento, este se volvió nuestro día a día: salíamos de la empresa, asegurándonos de que nadie nos viera, me llevaba a mi casa mientras me contaba sobre la ciudad, su padre enfermo, su hermana con cáncer, su vida solitaria y sus relaciones fallidas. Mientras tanto, yo le contaba de mis amores de juventud, con los que no había pasado de un besito inocente y de mis sueños profesionales.

La llama se iba encendiendo entre nosotros, las miradas en la empresa cada vez eran más inevitables y llegó aquella noche de diciembre: el día en que con sus fuertes brazos me acercó a él y me besó… Un beso que pronto sería algo más. Un beso en una calle que era un basurero, pero que para mí parecía un palacio a su lado.

Días después me invitó a cenar pasta en su casa, pero sabía que pronto quienes terminarían cenándose seríamos nosotros. Esa noche, los besos se fueron volviendo más intensos y pronto él estaba explorándome, mientras yo probaba por primera vez lo que sería llevar mi cuerpo a consumar toda esa energía reprimida.

Desde entonces, cada día era una nueva experiencia para mí, llena de amor, sonrisas, viajes, sudor, placer, intensidad y muchas lecciones. Lecciones que después de 6 meses se convertirían en desafíos, o en un infierno

1. Las miradas y malos comentarios de la sociedad: Ir al parque por un helado, a un museo, incluso en nuestra propia oficina. El ruido consistente era: “¡Ay pero podría ser su papá!” “¡No!, esa es prepago”, “¡Le está sacando plata!”, “¡Ja! Mínimo tiene ese trabajo porque se acostó con el tipo”.

2. Los espacios tan diferentes que compartíamos: Ir a una discoteca con mis amigos se convirtió en todo un problema. Cuando iba con él, ya no le gustaba mi música ni mis ambientes, cuando salíamos con los de él me sentía un poco desubicada por los temas que trataban.

Carlos incluso aceptó la situación y yo iba a los sitios sin él. Llegaba de madrugada y él era feliz de que llegara a casa después de disfrutar con mis amigos.

3. Sus vicios: Con el tiempo descubrí que Carlos era un maniático de la limpieza y odiaba el ruido en todas sus formas, al punto de insultar a una madre porque su hijo lloraba.

4. Los ojos de mi familia y amigos: Mis padres sufrían por esta relación y no hacían más que pedirme terminarla, al tiempo que mis amigos hacían hasta lo imposible por encontrar formas para alejarme de él. Lloré mucho tratando de resolver esta diferencia.

5. Vivir bajo la sombra de sus experiencias: Una persona tan golpeada, muchas veces no es capaz de ver con optimismo y positivismo la vida. Y algunas veces, incluso pretende que vivas basado en sus experiencias. Y sí… Termina siendo como un tipo de papá.

 

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De Carlos me gustaba su cuerpo, su inteligencia, su vigor, la seguridad que sentía a su lado y no necesariamente su dinero, como muchos piensan cuando ven a una niña al lado de un ‘viejo’.

De Carlos, me enamoré perdidamente, y aunque eso me costó las miradas desafiantes de la sociedad, que nos criticaba sin saber lo que nos unía, la experiencia quedó para la posteridad.

De Carlos también aprendí que la edad pesa y mucho. Los intereses no son los mismos y la soledad encanta cada vez más, al punto que un hombre como él poco soportaba a una persona a su lado.

De esta relación aprendí que la billetera no es lo único que le ve una mujer a un hombre mayor. Una lección que más de uno, sin conocimiento de causa, no es capaz de interiorizar.  Aprendí que amar puede venir en todas las formas y colores posibles, y aunque nuestras diferencias hoy nos tienen separados tras un año de relación, sin duda de Carlos aprendí que vale la pena enfrentarse a lo que sea por amor, pues al final quien lo vive y lo disfruta, es quien lo goza.

Hoy Carlos tiene 55, sigue solo… Y yo, con los aprendizajes que me dejó esta relación empiezo una nueva historia de amor, esta vez con ¡Uno de mi edad!

Ya les contaré…

Valeria.

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